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4/9/21

Mordiendo los labios

Teresita pasó un día más sin saber de él, ya suman 16. Mordiendo los labios 3, 6, 9 veces para asegurarse de que él no muera, se despide del atardecer. Arrastra los pies hasta la cocina y se deja caer en la mesa mostrando el desgano que ocasiona una costumbre enfermiza.

María, obviando lo que sólo a ella se le permite saber, se acerca para servir la cena: cereal con fresas congeladas, como siempre. Teresita toma la cuchara y la introduce en la leche tres veces antes de probar el primer bocado. Pudiese durar 6 minutos; ella tarda unos detestables 21 min. Las fresas comienzan a liberar trocitos de hielo, el sabor se mantiene, pero la leche pierde consistencia; las hojuelas se empiezan a sumergir, dejando atrás su cualidad crujiente, esa que tanto gusta a Teresita. Le recuerda a su infancia. Le sabe a felicidad irrepetible; termina masticando un mazacote, preso de sus acciones, preso de sus voces, de su desdicha interminable.

- ¿Ya terminaste?, dice María cuando los minutos se han cumplido; ella la conoce como nadie. Allí, espera la respuesta, con la esponja enjabonada en la mano, el cabello recogido y la camisa arremangada.
- 1,2, 3, ya... 4, 5, 6… va... 7, 8, 9... ahora sí, no me preguntes de nuevo.

Mientras María Clara retira el plato, Teresita suspira, con una vez basta. Observa la pila de libros que acomodó ayer con precisión y recuerda cuando subió al rascacielos más alto para regalarse el beso más apasionado, con la brisa alborotando sus cabellos, amenazando con la decencia de su falda y reprimiendo el dolor de sus labios acabados, aunque no tanto como sus ansias de ser arrebatada. Le falta un piso a su rascacielos de papel con ácaros. El. Quijote parece una buena opción."Dulcinea, soy dulcinea", balbucea Teresita.

10/3/15

Gracias al chocolate


Ayer llegó un poquito más cerca. Esperó que su mamá estuviese distraída y se encaramó en el mostrador. Dándole a todos los botones logró abrir la caja registradora. Sabía que los bombones los cambiaban por la moneda más grande, así que la tomó rápido y se bajó. Se acomodó la falda y muy correcta pidió un chocolate, por favor. Caminó con mucha elegancia, moviendo las caderas y en puntillas como su mamá. Se ubicó en el lado interno del mostrador y sin tropezar con las galletas tomó una brillante cajita plateada con azul. 
- Buenos días, señora. Parece que va a llover, ¿verdad? 
- Buenos días. Sí que llueva, que llueva; los pajaritos cantan.
- Y la lluvia se levanta, que caiga un chaparrón – se dijo entre risas.
- Ni Dios lo quiera, señora. La lluvia trae gripe y eso  hace mal a los niños.
 - Tiene usted razón. Quiero chocolates para mi niña. ¿Tiene chocolates Pachi?
- ¿Pachi? Ok con mucho gusto. 
- Gracias. Apúrese, por favor. 
- Aquí los tiene – . Sofía extendió las dos manos,;en una tenía la caja de bombones y en la otra la moneda; así se pagó y recibió su compra.
- Gracias. Vuelva pronto, señora. 
Terminado su juego, Sofía trató de romper la cajita, pero salió corriendo cuando escuchó que su mamá se acercaba. Llegó a otro pasillo sin darse cuenta y allí muy silenciosa luchó y luchó hasta que la abrió. Había dos chocolates redondos, mas eso no la sorprendió tanto como los dos ojos inmensos que la veían. Allí estaba de nuevo; a pocos pasos de ella. Casi corre otra vez, pero se le ocurrió que si le ofrecía un dulce podrían ser amigas, y así dejaría esa mala costumbre de observarla como zombi; eso es lo que más le asustaba. Siempre que pasaba de lejos la perseguía esa mirada que no pestañeaba. 
A veces inventaba que esos ojos de lechuza eran de una niña de cabello negro, como el de su mamá. De piel  oscura igualita a la de su papá. Usaba un vestido azul que le quedaba muy bien o mejor morado, como las uvas que le dejaron probar ayer con mucho cuidadito, “no vaya a ser que se atragante la niña”, escuchó decir. Le gustaba pensar que era una amiguita alegre, que siempre la hacía reír hasta dolerle la panza. Así se la imaginaba Sofía, pero le daba miedo conocerla. 
Poquito a poco se fue comiendo el chocolate y hasta saboreó el envoltorio. Con un regalo tan rico, seguro comprobaría que estaba viva, pensó Sofía mientras sacaba el otro bombón. Trató de prender la lamparita que estaba en medio del pasillo sin tener suerte; estaba muy alta, así que se armó de valor y comenzó a acercarse.  
Sofía avanzaba lentamente; las manos tapaban su  rostro, cual persiana que se abría y cerraba según sus latidos temerosos. A los lados, libros viejos hasta el cielo y uno que otro juego de mesa incompleto. Al fondo seguían los dos botones vigilantes, deseosos de algo que encantaba a Sofía. El camino se hizo estrecho y el encuentro era cada vez más real. Cuando estaba cerca de la mitad se le cayó el regalo. Trató de atajarlo pero comenzó a rodar hasta que lo perdió de vista. Espero unos segundos para ver si la niña se movía a recogerlo. No ocurrió nada. Aquellos ojos negros seguían como hipnotizados. Sofía recordó las palabras de su primita Mariana: “no te confíes de esa niña; es como rara. Yo creo que está muerta”.
Por suerte su mamá la llamó y así pudo huir sin quedar como la miedosa, que era el apodo que le tenía Mariana. Era la hora de acomodar los libros que habían estado hojeando los clientes; así Sofía sabía que el cartelito de la puerta anunciaba que la librería estaba cerrada y que pronto llegaría su prima y ella estaría lista para contarle su gran aventura.
Sofía y su mamá disfrutaban mucho colocando los libros derechitos en los anaqueles, mientras le preguntaba cuál era la historia mágica que ocultaban. Su mamá los conocía todos. Le hablaba de Don Quijote y su encuentro con los molinos, de unos hombres valientes que perseguían a una gran ballena blanca, y de unos marineros que lucharon con un pulpo gigante durante un viaje de 20 mil leguas. Todas esas historias fascinaban a Sofía y le daban fuerza para aventurarse en aquel pasillo oscuro donde ahora estaba un bombón y posiblemente una niña saboreándolo.  
Tocaron la puerta como todas las noches. Eran su tía y su prima Mariana. Su mamá le pidió que les abriera. De puntillas, Sofía dio vuelta a la llave y las dejó entrar. Su tía le dio un gran abrazo y un mordisco en el cachete como era costumbre, y Sofía hizo como que no le gustaba, pero la verdad es que le dio cosquillas. 
Mientras los adultos hablaban, las dos primitas se alejaron. Sofía estaba deseosa por contarle lo cerquita que estuvo de la niña gracias a su plan achocolatado. Quería demostrarle que era más inteligente. Días atrás habían intentado conocerla siguiendo el plan de Mariana. Se atrevieron a guiñarle el ojo para ver si reaccionaba, pero nada, no respondió. Sofía sabía que la teoría de Mariana era falsa, porque cuando se iba con su mamá y apagaban todas las luces, pasaban por todos los pasillos hasta llegar a la salida, y allí no la veía. Se escondía o  tal vez se dormía. Se como fuere, estaba viva.
Mariana escuchó con mucho cuidado el relato, y en sus palabras encontró la solución al misterio: Irían a buscar el bombón. Si lo conseguían era porque esa niña estaba muerta, pues “nadie puede resistirse a un chocolate”, dijo con mucha seguridad. Sofía aceptó, pero le hizo saber que el bombón estaba muy cerca de la niña, así que seguro la iban a ver completamente. A Mariana le pareció perfecto. La verdad es que las dos estaban temblando, pero ninguna iba a demostrarlo. 
Caminaron hasta el pasillo y se tomaron de las manos sin decir nada. Allí les estaban esperando esos ojos, con la misma mirada penetrante. A medida que se acercaban andaban más lento; sentían que las estaba vigilando, que de un momento a otro la niña les iba a saltar encima. Sofía le apretó la mano a Mariana, quien no quitaba la vista del piso. Ambas descubrieron el bombón intacto. Sí, estaba muerta, y ellas allí tan cerquita. 
Sofía no podía creerlo. Estaba segura de que esa niña se escondía en las noches cuando su mamá apagaba las luces. De repente, ocurrió lo impensable, todo quedó completamente a oscuras. Mariana trató de huir, pero Sofía no la soltó. Era ahora o nunca. A la cuenta de tres abrieron los ojos y por primera vez no había nadie mirándolas. Corrieron despavoridas, tropezando con los anaqueles. El piso se convirtió en papeles movedizos y del cielo caían libros. “La niña está viva, la niña está viva”, gritaban llorando.
La mamá de Sofía escuchó el alboroto y prendió de nuevo las luces. Las encontró abrazadas y con los ojos cerrados en medio de un desorden de libros. Entre ella y su hermana trataron de calmarlas, hasta que finalmente alzaron el rostro de espaldas al pasillo. Entre sollozos, Sofía y Mariana confesaron que desde hacía días unos ojos gigantes no dejaban de observarlas, los ojos de una niña misteriosa y malvada. 
A la mamá de Sofía le entró un ataque de risas que casi se ahoga. Caminó hasta el final del corredor y hurgó entre el desastre de libros viejos hasta que levantó a la supuesta niña. A Sofía le dio miedo agarrarla, pero su mamá la convenció de que sólo era un libro con ojos de muñeca.
Al día siguiente, Mariana llegó más temprano que de costumbre. Sin saludar a su tía buscó ávidamente a Sofía; neceitaba contarle su última teoría. La encontró leyendo el libro. Sin explicarle nada se lo quitó de las manos y lo lanzó. "¡La niña está muerta, la niña está muerte! Está escondida entre las hojas". 
  Greilysu Moreno  
  
 

27/12/14

Treinta y uno


Hace un calor insoportable y no dejo de pensarte. He optado por resignarme a tus silencios, a esta cama sin arrugas y a esta compañía que no me llena.
Ella es de cristal; estar con ella es estar conmigo, así que termino en paz siendo yo sin ti. No soy culpable de tus sin quereres pero sí de mis murallas para impedir que me destruyas una vez más y aún así las traspasas a tu gusto cual ráfaga de viento que se cuela entre estas ventanas clausuradas.
Que cómo llegué a esto, me preguntaste hace unos días cuando finalmente dejaste de ser voz para encontrarnos en el jardín. No supe qué responderte. Estoy aquí y aquí estoy detestablemente a gusto. Es que ella no es como tú ni como yo.
Cada mañana mis párpados reciben las caricias más dulces y húmedas. Ella, Elena, me sumerge en sus brazos y me ahoga en sus labios. Siendo cómplice de su escape contamos juntas hasta treinta, justo a tiempo para escabullirse antes de que llegue la primera rutina de medicamentos. En esos segundos no quiero descubrir que es un nuevo día. Valdría más perderme en la oscuridad carente de sombras que recuerdan el infortunio de dos, de nosotros dos. Pero la luz me abre los ojos y me doy cuenta de que estoy entre paredes blancas y pasillos largos que llevan al fin de la nada. Digo treinta y uno y me encuentro sola.
 Ahora deambulo por los jardines simulando que soy feliz; por momentos lo creo y termino rodando por la grama cada vez más rápido  o cortando flores para impregnar mi cuarto con tu olor. Recuerdo que tu perfume favorito venía en un frasco rojo; aquí sólo hay cayenas rojas y con eso me conformo para revivirte, para inventarme la esencia de tu piel y  saciarme entre pétalos; se marchitan tan rápido y me quedo sin ti. Pero está Elena, siempre está ella.
Azul es la píldora que inhibe mi depresión y es allí cuando más la quiero. Suele hacer efecto en la tarde, cuando se nos permite compartir a solas. Su cabellera larga y ondulada se posa en mi almohada y yo siento que sus cabellos crecen hasta arroparme y no poder zafarme. Juego con ellos; primero mis dedos sienten sus finas hierbas tostadas y aterciopeladas; del centro a las puntas logro atenuar su respiración. Admiro su mirada escondida entre los lentes. Ella se los retira y a mi entran unas ganas desaforadas de besarla. Ella se quita sus escudos, se desnuda ante mí y yo me contagio de su poder, de sentirnos libre.
No siempre es así, a veces apenas entra nos hacemos una y éstas son las veces que más disfruto. Puedo ser ella y al ser ella no soy yo, esa yo a la que únicamente le importas tú. Trasciendo, sabes, trasciendo de ti y de mí. Lástima que todo es mentira. Quisiera creer que estoy en paz, pero cuando ella no está sé que es falsa. Detesto su olor a jazmín y su delicadeza cuando se pierde en mi sexo. Necesito tu piel mojada y tus manos toscas arrebatándome hasta pedir descanso. Cómo te odio, Ignacio.
Traté de revivir los gemidos que me propicias. La esperé tras la puerta y justo cuando entró la tomé por las caderas y la apreté contra mí. Elena intentó librarse pero con más fuerza la controlé. Comencé a saborear sus labios sin control, a tal punto que amarla sabía a sangre. Ella se quejó sin poder propiciar palabra y yo no estaba dispuesta a parar. Esta vez conté hasta 30, sin ella repitiendo; mis manos apretaban su cuello ejerciendo toda la intensidad acorde con sus ojos desvirtuados. La solté cuando renuncié a la idea de ser tú. Se despidió de este mundo cubierta de negro plástico y sin respirar; todo por ti. Ahora ya me queda nada y menos en este nuevo cuarto con barrotes y sin ventanas. En mi cabeza cuento hasta treinta a ver si ella aparece, pero no. Cuento 31 y ahora sigues tú.  
Greilysu Moreno


18/12/11

Alrededor

Delante: Madre e hija deciden qué comprar. Una quiere sándwich y otra ensalada; discuten por el postre. Las nalgas de cada una no le hacen justicia a la ropa de gimnasio que portan.
Al lado: Un señora que ronda los 50 años -empleada- barre, sin mucho cuidado, la zona cercana a la caja.
Al otro lado: Una pareja joven se besa una y otra vez. El chico se anima a abrazar a la chica dejando al descubierto un tatuaje que dice “Forgive me”. Les acompaña la suegra también con cabellera dorada falsa.
Detrás: Dos niños vestidos con camisas Columbia haciendo la cola para comprar unos dulces que se habían ganado, según le recuerda la mujer que les acompaña. 
         Niño S.: ¿Tú, te quieres casar algún día?
         Niño I.: Sí -responde asintiendo con la cabeza.
         Niño S.: Entonces, ¡no dejes que te barran los pies!
         Niño I.: ¿Ah?
         Niño S.: Sí. Si te barren los pies, no te casas.
         Niño I.: ¿Quién dijo?
         Niño S.: Eso lo dice… es algo que tiene mucho tiempo y es algo que ha pasado - dice el niño mirando a los lados.


23/9/11

Compañero de la noche


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- Acaríciame la espalda y recoge mis cabellos como tanto me gusta. Se siente tan bien cuando tus manos frías avivan mi cuerpo, tan cansado del silencio y del conformismo. ¿Ves por la ventana? Casi no queda nadie. Sólo una luna borrosa que me recuerda la miseria en que me he convertido, pero tú estás aquí hoy.
- Recuéstate y deja que mis manos burlen tu mente. Por minutos le haremos creer que yo tengo sentido, que la compañía te es merecida y que dos son más que uno.
Para Anabela mimetizarse con la gente tuvo sentido hasta hace unos meses atrás. Aquella noche, como todas, se dirigió al baño alejándose del cuerpo jadeante que completaba su cama. El crescendo de los ronquidos de aquel hombre, su hombre por elección, aumentaba siempre su zozobra, pero lograba calmarla con una cachetada de agua fría y una dosis de somníferos. A lo lejos se escuchaba el éxtasis de dos gatos que maullaban sin reparar en los demás. Tal arrebato le llevó a buscarlos.
La idea de caminar por la vereda era descabellada, pero aún más era tener que soportar la secuela de un disfrute no compartido. Una vez decidida, Anabela se lavó la cara y guardó el somnífero en su mano. En el reverso de la puerta había una bata de baño, se arropó con ella y pasó de puntillas.
Sus pies estaban desnudos, al igual que el resto de su cuerpo; se evidenciaba la piel erizada casi traspasando la sedosa tela.  
Algunos tramos del camino estaban oscuros y otros dominados de sombras que proyectaban los faroles moribundos, pero esto no le preocupaba, ella sabía que vivía en un barrio seguro; si acaso podría toparse con un vecino, de tener suerte.    
Guiada por la agudeza de sus sentidos, finalmente, logró distinguir dos sombras en un vaivén similar al suyo. Le extrañó la simpleza del acto, ajeno a los sonidos de placer que había recreado: el gato le dominaba manteniendo un mismo ritmo y carente de expresión; debajo era más decadente, aquella gata blanca y peluda permanecía congelada, a tal punto que lo que en un momento cautivó a Anabela ahora se desmoronaba por parecer un llanto, como el que ella contenía cada noche en su almohada. Esperó que aquel acto fúnebre terminara y tomó a la gata. Estaba agotada.
El gato trató de agredirla pero ella logró hacerse de su nueva amiga sin que el episodio se convirtiera en algo más que un susto. Aquel felino la miró por unos segundos, humedeció sus bigotes con la lengua para luego seguir con su viaje. Era como su Víctor, de cabello negro, largo y despreocupado a juzgar por el andar.
La gata no aguantó muchos segundos en sus brazos; apenas pudo, se zafó. Anabela quiso retenerla y con ello la bata quedó en el piso. Allí estaba desnuda y sola. Se sentía usada, atada a sus sábanas jamás húmedas.


Grey M2


Ejercicio del taller de narrativa con Carlos Noguera

29/6/11

Cuento en proceso

Poco a poco se había convertido en un enemigo que la desafiaba todas las noches, y aún así debía mantenerlo cerca. Deseaba tocarlo como antes y escucharlo como nunca. A simple vista no era más que un aparato gris, desgastado; para ella era el inicio de sus orgasmos.

Frío y silencioso le restregaba la ausencia y el olvido de aquel que la sorprendía al otro lado de la bocina. Era Jamal quien la hacía sentir mujer, impúdica, libre y sin control; y era él quien había decidido acabarla.

Acurrucados en un sofá se les hizo más natural la idea de estar juntos esa primera noche. Los besos no eran una novedad y las caricias tampoco; ya se habían convertido en la rutina de películas sin cotufas en una sala vieja y solitaria.

24/4/11

Éxtasis vagabundo

 Tres manchas marrones decoraban el techo agrietado de su habitación. Con los ojos entrecerrados trataba de convertirlas en constelaciones místicas capaces de revelar un futuro más complaciente, mejor que la frialdad que arropaba esa noche de duelos.

Un destello rojo se colaba por la ventana anunciando que el motel de la esquina aún tenía camas disponibles a las 3 am, y ella allí, en la penumbra, sin hacer nada, resignada a su cama sin dueño, sin gemidos, sin sexo. Tan sólo sus pies estaban ocultos en una fina sabana, regalo de un  cliente obsesionado con plumas y colchas sedosas.

En su rectitud se dibujaba la figura de guitarra con curvas bien perfiladas. Sus senos se desparramaban a los lados, no eran muy grandes y parecían enemistados: uno miraba al este y el otro al suroeste. Si bien poco tenía que reprocharles, deseaba que más pronto que tarde pudiese cambiarlos a 40b y así el número 40 no le recordaría a su irremediable jubilación, sino a la oportunidad de resurgir en el mercado, como le sucedió a Patty, la vecina del 8.

Cuando el cuarto quedó totalmente a oscuras, no pudo controlar su deseo de revolcarse con algún hombre. El motel ya estaba repleto y ella sin recibir la llamada que la uniría a la fiesta.  A este punto no importaba quien fuese: rechoncho, flaco o viejo, cualquiera le apetecía. Ya dominaba muy bien su mente; para ella un esperpento a la luz, pronto se convertía en  galán a la sombra. Al mínimo roce de unas manos arrugadas o grasosas su cuerpo se estremecía quedando en evidencia los pezones endurecidos. Sus manos recorrían  cuerpos desfavorecidos sin reparar en verrugas o cuerpos velludos. Siempre se venía, se venía con ella y los clientes se iban satisfechos pidiendo más.   

Sonó el teléfono y contestó antes del segundo repique. Una voz conocida sacudió su maltrecha confianza. Había llegado el día de pasar al purgatorio de prostitutas.

Patty la encontró sentada en la escalera cercana al pasillo. Su cabeza reposaba sobre las piernas y sus brazos cruzados hacían las veces de almohada. Vestía ropa de trabajo: sobretodo de cuero sintético, minifalda roja, top negro escarchado, zapatos transparentes con plataforma y una cabellera tan dorada y larga como falsa. Con sutileza la llamó por su nombre mientras palpaba su espalda.       

Estrella alzó su mirada. Las lágrimas nocturnas estaban inmortalizadas en su rostro; eran negras y deformes como su nuevo día. Un maquillaje dramático al estilo de “Estrella, la dueña de la noche”, como solían venderla. Se desvaneció nuevamente sin decir palabra.

Patty la alzó como pudo. Tomándola por las axilas logró ponerla en pie cual marioneta. La arrastró  hasta la sala dejando al descubierto su costumbre de no usar ropa interior. Terminó en el sofá entre sostenes y pantaletas de previas noches. El olor a ron que expedía se mezcló con la química humana añejada, un aroma que le era ajeno desde hacía 47 días, más de un mes sin estar en el ruedo.

No era primera vez que la encontraba en esas condiciones. Una buena noche de farra – pensó Patty. Se sentó en el sillón del frente para recuperar el aliento. Los únicos testigos eran las partículas de polvo que danzaban entre la sombra de las cortinas.

Estrella despertó cansada y con mal semblante. Miró a Patty en detalle y aprovechando la cercanía la sujetó por el rostro. Era el reflejo de aquello que había entregado, de aquello que habían consumido cientos de hombres ausentes de nombre y a veces de rostro. Comenzó a acariciarla, a reconocer el brío de su cuerpo: piel morena tostada, cabello largo y rebelde, ojos grandes con delineado natural, mirada azabache y profunda, de diosa, nariz menuda y labios carnosos con comisuras que provocaban besos de media luna.   
A Patty le gustaba; llegó a cerrar los ojos entregándose a esas manos que descendían con vehemencia. Cuando sintió la presión en el cuello, ya era tarde para frenarla. En segundos apenas y alcanzaba  respirar. Sus ojos buscaban con desesperación los de Estrella. El calor comenzó a invadirla. El latir acelerado rebotaba en las manos frenéticas de su agresora. Realmente estaba siendo asfixiada por Elena, el verdadero nombre de la prostituta que había salvado. Sintió ganas de vomitar, de llorar. Un grito aspirado fue el detonante.

Estrella se vio de pie con las manos temblando. Tenía una energía repugnante, una sensación de saciedad que la aterró. Arrancó en sollozos dejándose caer en el piso. Parecía que le estuviesen rasgando las entrañas. Abrió los ojos y la vio respirando.

Poco a poco las arcadas disminuyeron. La visión le recordó su suerte y la escucha, el desprecio naciente. Vio a Estrella reducida en posición fetal. Gritaba sin voz.    

En los labios se leía “Perdóname”; lo repetía una y otra vez. Su descompón sólo daba para emitir chillidos, que a los oídos de Patty eran una suerte de sacrilegio a la historia compartida.  Se arrastró a su lado. La miró de cerca y juntaron sus manos.

-          Esto no se perdona; se vive, Elena.
-          No me llames así- finalmente habló-  Perdóname.
-          Te digo así, porque fuiste tú quien lo hizo, lo sé. Tus caricias eran de prostituta, pero tus ojos perdidos no.
-          Ya yo no soy eso, ni por más que  quiera. Eso lo decidió Pablo con una simple llamada.
-          ¿Pablo? Siempre serás Elena, aunque te empeñes en borrarlo. Te conozco, recuérdalo.
-          Ya yo no soy prostituta. Bueno sí, una vieja y seca.
-          ¿Y por eso te desquitas conmigo? – dijo Patty liberando su mano.

Estrella sintió un fuego repentino y los techos bajos del apartamento no ayudaban. Se sentía bañada en sudor aunque no lo estaba. Perdía nuevamente el control.

-          No te hagas la víctima. Por ti soy quién soy – refutó.
-          Viste, eres Elena. La tonta Elena, negando el palpitar de su cuca cuando la penetran.
-          A mí no me hables así.
-          Te hablo como mereces. Tú estás aquí porque no sabes ser otra cosa.

Patty se montó sobre ella y haciendo presión con las piernas, logró inmovilizarla. Sopló delicadamente su vientre hasta asegurar que estuviese excitada. Con su lengua recorrió la aureola de los senos y mordió uno hasta hacerla gritar. Estrella hubiese querido insultarla, pero calló.

Cuando comenzó a introducir los dedos en la vagina ya no hizo falta sujetarla. Se contorneaba como serpiente hipnotizada. La estrechó contra sí agarrándola por las nalgas y con fuerza simuló el pene de algún cliente.

-          ¿Te gusta, verdad? – dijo Patty sin obtener respuesta- Ves que eres Elena, Elena la puta, la puta Elena – decía una y otra vez incitándola a moverse, a sentir la humedad de su sexo – No puedes resistirte, puta Elena – cada vez más rápido - Elena la puta, la puta Elena –  más  brusco – puta, puta, puta - más profundo - Elena, Elena, Elena, – más caliente - ¿Te gusta, verdad? Cómo te gusta puta, tonta Elena, acepta lo que eres, una puta con nombre: Elena. La verdadera puta eres tú Elena – más mojado, hasta acabarla.

Greilysu Moreno


18/3/11

De visita

Hoy hablé con ella. Me miraba con certeza y desinhibición. Dijo que mañana sin importar los intentos dejaré de ser, dejaré de ser la voz que motiva, la sonrisa que evoca, la piel que enciende, el hombro que sosiega y el silencio que complementa.

Me tomó por sorpresa, aun cuando llegó a la hora prevista. La recorrí entera buscando un ápice de humanidad, una sombra que me hiciera resistir a sus sentencias. Fue en vano. Destellaba la verdad en medio de un cuerpo escuálido y jorobado. Sus manos eran largas y delgadas cual raíces de un árbol con muchas historias, quizás más de las que pudiese soportar.

Se sentó en la banca sin llegar a tocarme. Esperó hasta acostumbrarme a su presencia. Llegamos a respirar al mismo ritmo, aceptando que éramos de la misma esencia: sinceras, amantes y unitarias. Yo me negaba a hablar, pues ya había soñado con ese día; jamás mis noches en vuelo habían dejado de advertir mis miedos. Miré nuevamente sus manos y comprendí que la verdad no tienta todos los días. Con el corazón en vilo me aventuré a exigir.

-   Respóndeme sin reparos a qué has venido, pero te suplico que lo hagas con mesura...

Greilysu Moreno

17/5/10

Roce salvaje

Sofía se mueve de un lado a otro culpando al asiento por su incomodidad; es mejor que reprocharle a su faja talla s, que le haría pasar de “l” de “luna” a “s” de “sol”, de oscura a radiante, cuando de verdad el vaivén es una negación a su decadencia.

En el fondo se escucha: “Señor su equipaje de mano no puedo ir allí porque está en salida de emergencia. Si me permite le ayudo”… ¡Qué maravilla! - piensa Sofía - Una salida de emergencia que será manejada por un anciano con diabetes segura, hipertensión e historial de infartos, al juzgar por su peso y el pastillero que se deja entrever en el bolsillo de su camisa a cuadros; una razón para incrementar su miedo a volar, sin embargo no se atreve a notificar su queja.

Suena el teléfono. Es quien no debe ser. Una voz íntima quiere saber cómo está, dejando atrás los acostumbrados “te quiero” y los fulminantes “te quedan grande mis te quiero”. "Todo chévere, gracias a Dios", le responde mientras sostiene el celular entre el hombro y cuello, buscando en su bolso lo que será su lectura aérea: días de salvajismo -como sus sueños con él-.

Palabras van a vienen, pero a Sofía poco le importa el nuevo repertorio de cariño verbal de su ex, encabezado por “amiga”. El libro ahora reposa en sus piernas y la engorrosa posición continúa, amenazando con el liso falso de su cabello y su tortícolis matutina; inconscientemente sus manos están más a gusto acariciando la portada tapa dura de las 327 páginas que le recuerdan lo único por lo que ha apostado, sus ganas de consolidarse como escritora. Con un chao simple, se despide y espera que él tranque ansiando su último respiro.

La aeromoza, ahora, se encuentra en el pasillo indicando con mucha diligencia la forma correcta de colocarse el salvavidas y señala, como miss universo, las salidas de emergencia, como aquella donde ahora ronca con la boca abierta el anciano de camisa cuadros.

Se siente la presión en los oídos y el cuerpo se pega a la silla. La ciudad toma distancia y muestra un rostro amable…como quisiera que eso ocurriera con su vida, simplemente alejarse y llegar a verla con ojos de cariño. El libro aguarda por ser descubierto, ya caliente luego de tantas caricias. Lo abre rozando a su compañero de fila.

- Interesante título para una obra literaria. ¿Quieres aprender a ser salvaje o sólo estás aprendiendo nuevas técnicas?, dijo aquel hombre con voz ronca seguido por una sonrisa.

Sofía, desafiando la presión del despegue, se acercó para ganar intimidad. “Léeme”, le susurró dejando caer sus días de salvajismo en la entrepierna.

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