24/4/11

Éxtasis vagabundo

 Tres manchas marrones decoraban el techo agrietado de su habitación. Con los ojos entrecerrados trataba de convertirlas en constelaciones místicas capaces de revelar un futuro más complaciente, mejor que la frialdad que arropaba esa noche de duelos.

Un destello rojo se colaba por la ventana anunciando que el motel de la esquina aún tenía camas disponibles a las 3 am, y ella allí, en la penumbra, sin hacer nada, resignada a su cama sin dueño, sin gemidos, sin sexo. Tan sólo sus pies estaban ocultos en una fina sabana, regalo de un  cliente obsesionado con plumas y colchas sedosas.

En su rectitud se dibujaba la figura de guitarra con curvas bien perfiladas. Sus senos se desparramaban a los lados, no eran muy grandes y parecían enemistados: uno miraba al este y el otro al suroeste. Si bien poco tenía que reprocharles, deseaba que más pronto que tarde pudiese cambiarlos a 40b y así el número 40 no le recordaría a su irremediable jubilación, sino a la oportunidad de resurgir en el mercado, como le sucedió a Patty, la vecina del 8.

Cuando el cuarto quedó totalmente a oscuras, no pudo controlar su deseo de revolcarse con algún hombre. El motel ya estaba repleto y ella sin recibir la llamada que la uniría a la fiesta.  A este punto no importaba quien fuese: rechoncho, flaco o viejo, cualquiera le apetecía. Ya dominaba muy bien su mente; para ella un esperpento a la luz, pronto se convertía en  galán a la sombra. Al mínimo roce de unas manos arrugadas o grasosas su cuerpo se estremecía quedando en evidencia los pezones endurecidos. Sus manos recorrían  cuerpos desfavorecidos sin reparar en verrugas o cuerpos velludos. Siempre se venía, se venía con ella y los clientes se iban satisfechos pidiendo más.   

Sonó el teléfono y contestó antes del segundo repique. Una voz conocida sacudió su maltrecha confianza. Había llegado el día de pasar al purgatorio de prostitutas.

Patty la encontró sentada en la escalera cercana al pasillo. Su cabeza reposaba sobre las piernas y sus brazos cruzados hacían las veces de almohada. Vestía ropa de trabajo: sobretodo de cuero sintético, minifalda roja, top negro escarchado, zapatos transparentes con plataforma y una cabellera tan dorada y larga como falsa. Con sutileza la llamó por su nombre mientras palpaba su espalda.       

Estrella alzó su mirada. Las lágrimas nocturnas estaban inmortalizadas en su rostro; eran negras y deformes como su nuevo día. Un maquillaje dramático al estilo de “Estrella, la dueña de la noche”, como solían venderla. Se desvaneció nuevamente sin decir palabra.

Patty la alzó como pudo. Tomándola por las axilas logró ponerla en pie cual marioneta. La arrastró  hasta la sala dejando al descubierto su costumbre de no usar ropa interior. Terminó en el sofá entre sostenes y pantaletas de previas noches. El olor a ron que expedía se mezcló con la química humana añejada, un aroma que le era ajeno desde hacía 47 días, más de un mes sin estar en el ruedo.

No era primera vez que la encontraba en esas condiciones. Una buena noche de farra – pensó Patty. Se sentó en el sillón del frente para recuperar el aliento. Los únicos testigos eran las partículas de polvo que danzaban entre la sombra de las cortinas.

Estrella despertó cansada y con mal semblante. Miró a Patty en detalle y aprovechando la cercanía la sujetó por el rostro. Era el reflejo de aquello que había entregado, de aquello que habían consumido cientos de hombres ausentes de nombre y a veces de rostro. Comenzó a acariciarla, a reconocer el brío de su cuerpo: piel morena tostada, cabello largo y rebelde, ojos grandes con delineado natural, mirada azabache y profunda, de diosa, nariz menuda y labios carnosos con comisuras que provocaban besos de media luna.   
A Patty le gustaba; llegó a cerrar los ojos entregándose a esas manos que descendían con vehemencia. Cuando sintió la presión en el cuello, ya era tarde para frenarla. En segundos apenas y alcanzaba  respirar. Sus ojos buscaban con desesperación los de Estrella. El calor comenzó a invadirla. El latir acelerado rebotaba en las manos frenéticas de su agresora. Realmente estaba siendo asfixiada por Elena, el verdadero nombre de la prostituta que había salvado. Sintió ganas de vomitar, de llorar. Un grito aspirado fue el detonante.

Estrella se vio de pie con las manos temblando. Tenía una energía repugnante, una sensación de saciedad que la aterró. Arrancó en sollozos dejándose caer en el piso. Parecía que le estuviesen rasgando las entrañas. Abrió los ojos y la vio respirando.

Poco a poco las arcadas disminuyeron. La visión le recordó su suerte y la escucha, el desprecio naciente. Vio a Estrella reducida en posición fetal. Gritaba sin voz.    

En los labios se leía “Perdóname”; lo repetía una y otra vez. Su descompón sólo daba para emitir chillidos, que a los oídos de Patty eran una suerte de sacrilegio a la historia compartida.  Se arrastró a su lado. La miró de cerca y juntaron sus manos.

-          Esto no se perdona; se vive, Elena.
-          No me llames así- finalmente habló-  Perdóname.
-          Te digo así, porque fuiste tú quien lo hizo, lo sé. Tus caricias eran de prostituta, pero tus ojos perdidos no.
-          Ya yo no soy eso, ni por más que  quiera. Eso lo decidió Pablo con una simple llamada.
-          ¿Pablo? Siempre serás Elena, aunque te empeñes en borrarlo. Te conozco, recuérdalo.
-          Ya yo no soy prostituta. Bueno sí, una vieja y seca.
-          ¿Y por eso te desquitas conmigo? – dijo Patty liberando su mano.

Estrella sintió un fuego repentino y los techos bajos del apartamento no ayudaban. Se sentía bañada en sudor aunque no lo estaba. Perdía nuevamente el control.

-          No te hagas la víctima. Por ti soy quién soy – refutó.
-          Viste, eres Elena. La tonta Elena, negando el palpitar de su cuca cuando la penetran.
-          A mí no me hables así.
-          Te hablo como mereces. Tú estás aquí porque no sabes ser otra cosa.

Patty se montó sobre ella y haciendo presión con las piernas, logró inmovilizarla. Sopló delicadamente su vientre hasta asegurar que estuviese excitada. Con su lengua recorrió la aureola de los senos y mordió uno hasta hacerla gritar. Estrella hubiese querido insultarla, pero calló.

Cuando comenzó a introducir los dedos en la vagina ya no hizo falta sujetarla. Se contorneaba como serpiente hipnotizada. La estrechó contra sí agarrándola por las nalgas y con fuerza simuló el pene de algún cliente.

-          ¿Te gusta, verdad? – dijo Patty sin obtener respuesta- Ves que eres Elena, Elena la puta, la puta Elena – decía una y otra vez incitándola a moverse, a sentir la humedad de su sexo – No puedes resistirte, puta Elena – cada vez más rápido - Elena la puta, la puta Elena –  más  brusco – puta, puta, puta - más profundo - Elena, Elena, Elena, – más caliente - ¿Te gusta, verdad? Cómo te gusta puta, tonta Elena, acepta lo que eres, una puta con nombre: Elena. La verdadera puta eres tú Elena – más mojado, hasta acabarla.

Greilysu Moreno


1 comentario:

Gloria Carrasco dijo...

Una amiga mía diría. Yo no soy puta. Trabajo de puta.

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