8/6/10

Estereotipos

El vagón está repleto como cada inicio de mañana. Finalmente logra sentarse. Mira su cabello reflejado en el vidrio y se peina el flequillo. Faltan 11 estaciones antes de llegar a su destino. Busca en el bolso y lamenta haber olvidado su novela del mes.

Al fondo un póster destaca entre la gente apretujada. “Somos tan buenos que no tenemos competencia” sobresale la frase. Evocando la vagancia mental propia del metro, analiza su pertinencia y termina concluyendo que es una gran mentira: “Cómo te atribuyes el calificativo ´tan´ si no tienes comparación. Para que una cosa sea mejor, debe haber otra peor; si afirmas que alguien es bonito es porque lo asocias con otro que es feo y eso hace al primero de mayor belleza”.

Abstraída es su descubrimiento subterráneo, suena el pito que marca el arribo a otra estación. Ya le falta una más. La gente forcejea para salir, unos se empujan y otros se dejan llevan por la ola humana, pero a ella esto no le impresiona, ni siquiera cuando se cae un anciano sin tener la suerte de que alguien lo auxilie. Ella observa sus ropas, la composición de sus rostros y los va marcando.

Morena de 40 años con cabello amarillo y raíces negra, fea. Hombre gordo con pantalones a la cintura y bigotes, prehistórico. Universitaria con escote pronunciado y uñas de gato, regalada.

Se escucha el pito. Ve nuevamente su rostro reflejado en el vidrio, se acomoda la ropa y el cabello, deseando haber amanecido bonita. Sale sin problemas.

30/5/10

Plegarias secretas

A María Clara poco le divierte la rutina enfermiza de Teresita: 1, 2, 3 antes de cada bocado, 1,2, 3… lo que sea para evitar que él muera. Ser testigo de lo mismo ya le repugna. No entiende cuál es el afán de contar sin sentido, de cenar lo mismo día tras día, de repetir numeritos. Teresita sabe que no debe hacerlo en su presencia, pero a veces no puede contenerse; hoy es uno de esos días.


El acostumbrado cereal está en la mesa y al frente Teresita con la cuchara en la mano. Inicia en silencio: 1, 2, 3 y come, 1, 2, 3 y come... Callar no le hace bien, es que le aterroriza pensar que no la escuchen, que sus plegarias secretas no lleguen y que lo maten por su culpa. Comienza a gritar. María Clara no aguanta más, toma el plato y la atraganta para que de una vez por todas termine la cena. Hace lo que le suplican sus vísceras y huye.

“Sólo conté hasta dos” se dice Teresita, mirando el plato vacío. No le importa la leche en su rostro, no muestra rabia hacia su nana; debe terminar. Toma la cuchara y en ella va agrupando las hojuelas que terminaron en su ropa, cuello y cabellos. Cuando se da cuenta de que no es suficiente, mete los dedos en la nariz, exhala fuertemente para que salgan algunos trozos; busca en el piso, en los manteles, en la silla. Ahora falta la leche; en la mesa, en el piso, no hay casi nada. Abre la nevera y lo único parecido que consigue es suero de cabra, lo toma y vierte al nuevo mazacote. Sus labios acabados tiemblan de ansiedad, pero su pulso es perfecto, y mientras traga murmura: “tres”, rogando que María Clara no regrese a convertirla en la asesina de Pablo.

17/5/10

Roce salvaje 2**

Sofía se mueve de un lado a otro buscando el cinturón de seguridad. Hala fuertemente una de las tiras y sin querer golpea a su compañero de fila. Rápidamente se disculpa y baja la mirada para evitar conversación. Tenía los ojos color miel y dientes perfectamente blancos.

Procurando no rozarle, saca de su bolso lo que será su lectura aérea: Días de salvajismo, y comienza a acariciarlo, como preparando su aventura. Se siente la presión en los oídos y el cuerpo se pega a la silla. El libro aguarda por ser descubierto, ya caliente luego de tantos mimos. Lo abre clavando la mirada en esos ojos dulces.

- Interesante título traes allí. ¿Quieres aprender a ser salvaje o sólo estás aprendiendo nuevas técnicas?, dijo aquel hombre confiado.

Sofía, desafiando el sonrojado de sus pómulos, se le acercó dejando caer sus días de salvajismo en la entrepierna. Léeme”, susurró.

**Editado.

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