4/8/10
Uno de los Gaviria
Sentados en la mesa más escondida del club, Paula no se atreve a tocarlo, aunque con las palabras le ha robado besos imaginarios. El cabello negro, los ojos miel y la nariz puntiaguda le advierten que Iván es uno de los hermanos Gaviria.
Él la escucha sin mostrar emoción. Ella le habla de su infancia, cuando sus padres murieron, sobre su primer novio, el miedo a dormir sola y la música que la motivó a tocar el chelo.
Finalmente, Paula le toma la mano. Su blusa roja con vuelos hace las veces de corazón palpitando; ella se estremece y tiembla. Él la mira y le recuerda lo que ella se ha repetido decena de veces.
- Me encanta que tomes la iniciativa, dice Iván mientras abre su mano para rozar la palma de la autora de sus pecados familiares.
8/6/10
Estereotipos
El vagón está repleto como cada inicio de mañana. Finalmente logra sentarse. Mira su cabello reflejado en el vidrio y se peina el flequillo. Faltan 11 estaciones antes de llegar a su destino. Busca en el bolso y lamenta haber olvidado su novela del mes.
Al fondo un póster destaca entre la gente apretujada. “Somos tan buenos que no tenemos competencia” sobresale la frase. Evocando la vagancia mental propia del metro, analiza su pertinencia y termina concluyendo que es una gran mentira: “Cómo te atribuyes el calificativo ´tan´ si no tienes comparación. Para que una cosa sea mejor, debe haber otra peor; si afirmas que alguien es bonito es porque lo asocias con otro que es feo y eso hace al primero de mayor belleza”.
Abstraída es su descubrimiento subterráneo, suena el pito que marca el arribo a otra estación. Ya le falta una más. La gente forcejea para salir, unos se empujan y otros se dejan llevan por la ola humana, pero a ella esto no le impresiona, ni siquiera cuando se cae un anciano sin tener la suerte de que alguien lo auxilie. Ella observa sus ropas, la composición de sus rostros y los va marcando.
Morena de 40 años con cabello amarillo y raíces negra, fea. Hombre gordo con pantalones a la cintura y bigotes, prehistórico. Universitaria con escote pronunciado y uñas de gato, regalada.
Se escucha el pito. Ve nuevamente su rostro reflejado en el vidrio, se acomoda la ropa y el cabello, deseando haber amanecido bonita. Sale sin problemas.
30/5/10
Plegarias secretas
El acostumbrado cereal está en la mesa y al frente Teresita con la cuchara en la mano. Inicia en silencio: 1, 2, 3 y come, 1, 2, 3 y come... Callar no le hace bien, es que le aterroriza pensar que no la escuchen, que sus plegarias secretas no lleguen y que lo maten por su culpa. Comienza a gritar. María Clara no aguanta más, toma el plato y la atraganta para que de una vez por todas termine la cena. Hace lo que le suplican sus vísceras y huye.
“Sólo conté hasta dos” se dice Teresita, mirando el plato vacío. No le importa la leche en su rostro, no muestra rabia hacia su nana; debe terminar. Toma la cuchara y en ella va agrupando las hojuelas que terminaron en su ropa, cuello y cabellos. Cuando se da cuenta de que no es suficiente, mete los dedos en la nariz, exhala fuertemente para que salgan algunos trozos; busca en el piso, en los manteles, en la silla. Ahora falta la leche; en la mesa, en el piso, no hay casi nada. Abre la nevera y lo único parecido que consigue es suero de cabra, lo toma y vierte al nuevo mazacote. Sus labios acabados tiemblan de ansiedad, pero su pulso es perfecto, y mientras traga murmura: “tres”, rogando que María Clara no regrese a convertirla en la asesina de Pablo.